Y como si de una condena se tratase acaté mi pena con
resignación. Es el precio a pagar que él, como juez y verdugo me impuso el día
en que mis progenitores me ofrecieron el reto de vivir.
Él está siempre ahí. Es mi compañero de viaje. Es el testigo
de todos y cada uno de los segundos de mi vida.
Cuando en ocasiones me olvido de él, se adentra en mi mente
y me recuerda su presencia, su implacable y veloz paso.
Me ha hecho varias veces despertar a la vida, abrir los
ojos, reflexionar y levantarme.
Hoy me presento ante él para decirle que… Soy culpable señor juez. Culpable de dejarme arrebatar un tiempo de mi vida. Un tiempo irrecuperable, irremplazable.
Hoy me presento ante él para decirle que… Soy culpable señor juez. Culpable de dejarme arrebatar un tiempo de mi vida. Un tiempo irrecuperable, irremplazable.
Me deje llevar por ella. Como las olas a la arena, la
tristeza me arrastro. Me embauco como a una inocente niña. Creí que su
intención era cobijarme, protegerme del dolor que inundaba mi corazón.
La realidad era diferente. Intentaba apoderarse de mi alma. Aislarme del exterior, abrazarme, ahondando en mis heridas.
La realidad era diferente. Intentaba apoderarse de mi alma. Aislarme del exterior, abrazarme, ahondando en mis heridas.
Sentí que tú habías desaparecido, que me habías abandonado.
Mi mundo se detuvo. La luz del exterior dañaba mis ojos, ni tan si quisiera la
luna con su magnetismo lograba hacerme salir de mi escondite.
Fuiste tú, quien de nuevo me hizo reaccionar. En el silencio
de la habitación te oí, te sentí en mi cuerpo. Me mire al espejo y recordé el
pacto.
Tic, tac, tic, tac…La vida es una contrarreloj, no pierdas el tiempo.