Hoy, como cada día, estoy oyendo un sonido que me ha despertado, es el sonido del despertador, de ese reloj que tengo encima de mi mesilla, que es el primero que me da los buenos días y al primero que veo cada mañana nada más de despertarme, y es el que, aunque no me apetezca, me empuja y me hace levantar de la cama para empezar con las obligaciones cotidianas de un nuevo día.
Después, instantáneamente, y sin querer, me dirijo a la ventana que hay en mi habitación para observar desde la misma el amanecer de este nuevo día, y percibo cómo el sol se ha dejado ver desde primera hora de la mañana.Hoy lo primero que se me viene a la mente, es que ha de ser un día radiante pues así lo observo a través de los cristales de la ventana, aunque quizá pueda que después ese día se tuerza y se vuelva un poco más oscuro, pero mi intención es procurar que sea tan brillante como ese sol que permanece arriba, que es el que todos podemos percibir, nos ilumina y que también tiene su reloj.
Sin más dilaciones, ha comenzado un nuevo día para mí, siempre con la presencia permanente y constante de mi principal protagonista que es el reloj, quién siempre va conmigo, inseparable de mí y rodeando la muñeca de mi brazo izquierdo, quién antes iba en el derecho, aunque la preferencia del lugar sea indiferente para mí, porque esté donde esté siempre me acompaña.
El reloj, que lleva el tiempo de cada día de mi vida, quién, además aparece en todos los lugares a donde estoy, en mi casa, en la calle, en mi lugar de estudio, en el móvil, en la pantalla del ordenador, etc., etc.., quien es imposible quitarle la vista de encima como si, acaso, de un imán se tratara.
Anochece ya el día, y el reloj sigue haciendo acto de presencia en mi vista, ya he de apagar la luz de la pantalla que hay en la mesilla de mi habitación, para dejar que vuelva a florecer otro nuevo día, avisándome para ello, como siempre, el sonido de mi despertador.
Después, instantáneamente, y sin querer, me dirijo a la ventana que hay en mi habitación para observar desde la misma el amanecer de este nuevo día, y percibo cómo el sol se ha dejado ver desde primera hora de la mañana.Hoy lo primero que se me viene a la mente, es que ha de ser un día radiante pues así lo observo a través de los cristales de la ventana, aunque quizá pueda que después ese día se tuerza y se vuelva un poco más oscuro, pero mi intención es procurar que sea tan brillante como ese sol que permanece arriba, que es el que todos podemos percibir, nos ilumina y que también tiene su reloj.
Sin más dilaciones, ha comenzado un nuevo día para mí, siempre con la presencia permanente y constante de mi principal protagonista que es el reloj, quién siempre va conmigo, inseparable de mí y rodeando la muñeca de mi brazo izquierdo, quién antes iba en el derecho, aunque la preferencia del lugar sea indiferente para mí, porque esté donde esté siempre me acompaña.
El reloj, que lleva el tiempo de cada día de mi vida, quién, además aparece en todos los lugares a donde estoy, en mi casa, en la calle, en mi lugar de estudio, en el móvil, en la pantalla del ordenador, etc., etc.., quien es imposible quitarle la vista de encima como si, acaso, de un imán se tratara.
Anochece ya el día, y el reloj sigue haciendo acto de presencia en mi vista, ya he de apagar la luz de la pantalla que hay en la mesilla de mi habitación, para dejar que vuelva a florecer otro nuevo día, avisándome para ello, como siempre, el sonido de mi despertador.
