Sucede en las noches, como si respirara la oscuridad o sólo
pudiera estar en vigilia durante las pocas horas que se arrastran penosamente
entre el inicio y el fin de la vida diaria; en ese rato en el somos quienes
debemos ser.
Finalmente, sucede ese encuentro tan ineludible con los mismos ojos que evitamos a lo largo del día bajo el maquillaje del tiempo y la vida real.
Llega entonces esa otra voz que nace en una parte desconocida pero que llega certera y limpia a lo más delicado de nuestros sentidos, y ni siquiera es necesario que nos llame por nuestro nombre, tan sólo tocar ese interruptor en la pared que apaga el día y enciende la noche. Te cuenta tu propia existencia como si fueras un observador pasivo, un dios omnipresente y al mismo tiempo tu creación. En ese momento no hay hombre, hay un dios convertido en un juez caprichoso para su propia realidad tibia, hecha a la medida.
Repite los nombres conocidos y siempre calla antes de decir los que esperamos, revuelve las lágrimas y acaricia la piel con delicadeza, como ciertos enamorados que observan a sus personas de deseo mientras duermen, las besan delicadamente y guardan para sí el único beso que puede ser singular, tanto como quien siembra anónimamente una flor para no saber de ella nunca.
Finalmente, sucede ese encuentro tan ineludible con los mismos ojos que evitamos a lo largo del día bajo el maquillaje del tiempo y la vida real.
Llega entonces esa otra voz que nace en una parte desconocida pero que llega certera y limpia a lo más delicado de nuestros sentidos, y ni siquiera es necesario que nos llame por nuestro nombre, tan sólo tocar ese interruptor en la pared que apaga el día y enciende la noche. Te cuenta tu propia existencia como si fueras un observador pasivo, un dios omnipresente y al mismo tiempo tu creación. En ese momento no hay hombre, hay un dios convertido en un juez caprichoso para su propia realidad tibia, hecha a la medida.
Repite los nombres conocidos y siempre calla antes de decir los que esperamos, revuelve las lágrimas y acaricia la piel con delicadeza, como ciertos enamorados que observan a sus personas de deseo mientras duermen, las besan delicadamente y guardan para sí el único beso que puede ser singular, tanto como quien siembra anónimamente una flor para no saber de ella nunca.
