Ven, acércate. No te haré daño. Acércate a donde puedas
verme. Yo llevo una vida observándote,
adivinando tus movimientos, cada temblor
de tus manos. Es hora. ¿Te asustan las cicatrices? El animal que las hizo
duerme lejos de aquí, quizá para siempre. Siente ese relieve de las heridas
antiguas, mira hasta dónde llega su trazo. Debajo, está el corazón.
Tienes la mirada demasiado viva, casi escucho la voz inquieta que te atormenta, la que no te deja vivir en un camino desconocido. Te conozco demasiado bien como enigma, pero no como respuesta. Podría memorizar los caminos de tu piel sin saber su destino y contarte cada respiración ignorando para siempre los nombres, los momentos. Puedo sentir tu respiración cerca de mi piel, pero no tiene destino.
Conoces demasiado bien la soledad, tienes las marcas del mutismo, de la espera. Es como la piel que no apenas conoce el sol y se marchita en una enfermedad blanca. Conoces también el vacío y la no-existencia. Ahora dime, ¿cuál es tu nombre como flor?. ¿Cuál tu hora?.
Vámonos mientras la benigna sombra de una luna dormida nos ampare; vámonos siguiendo el compás de esa pequeña danza que se aletarga debajo de tu pecho, a donde la muerte no pueda vernos y los dioses olviden que nos crearon. Huyamos a donde se nos olvide que pasa el tiempo, hasta que dejes de tener frío,
tan sólo, un poco de sueño.
Tienes la mirada demasiado viva, casi escucho la voz inquieta que te atormenta, la que no te deja vivir en un camino desconocido. Te conozco demasiado bien como enigma, pero no como respuesta. Podría memorizar los caminos de tu piel sin saber su destino y contarte cada respiración ignorando para siempre los nombres, los momentos. Puedo sentir tu respiración cerca de mi piel, pero no tiene destino.
Conoces demasiado bien la soledad, tienes las marcas del mutismo, de la espera. Es como la piel que no apenas conoce el sol y se marchita en una enfermedad blanca. Conoces también el vacío y la no-existencia. Ahora dime, ¿cuál es tu nombre como flor?. ¿Cuál tu hora?.
Vámonos mientras la benigna sombra de una luna dormida nos ampare; vámonos siguiendo el compás de esa pequeña danza que se aletarga debajo de tu pecho, a donde la muerte no pueda vernos y los dioses olviden que nos crearon. Huyamos a donde se nos olvide que pasa el tiempo, hasta que dejes de tener frío,
tan sólo, un poco de sueño.
