Yo la vi.
Con los ojos rojos y escocidos por las lágrimas amargas y saladas, y la nariz hinchada de tanto llorar, se peinaba a orillas de un río de aguas transparentes y fondo inalcanzable. Era de una belleza abrasadora, con aquel cabello rojizo largo y ondulado cayéndole por la espalda. De hito en hito se agachaba para coger una flor y atarla a su cabello. Se encontraba sentada en una piedra a poca distancia del agua.
Fui a dar un paso para conocerla, pero ella se levantó antes. Al parecer había visto una flor junto al agua que quería colocar en su cabellera. Pero la fortuna fue cruel con ella y resbaló, cayendo al agua de cabeza. Oí un grito ahogado repentinamente sobre el agua. Quise ayudar, pero supe que bien poco podía hacer. Su único amor la había rechazado y las ropas pesaban más que el destino.
Vi con gran pena cómo luchaba por salir a la superficie, pero pronto dejó de forcejear. Se ahogaba...
Cuando la vi desvanecerse en el fondo del río fue cuando, resignado, extendí mis alas y eché a volar.
Pobre Ofelia, pensé. Tanto que ha dado, y tan poco que ha recibido.
Con los ojos rojos y escocidos por las lágrimas amargas y saladas, y la nariz hinchada de tanto llorar, se peinaba a orillas de un río de aguas transparentes y fondo inalcanzable. Era de una belleza abrasadora, con aquel cabello rojizo largo y ondulado cayéndole por la espalda. De hito en hito se agachaba para coger una flor y atarla a su cabello. Se encontraba sentada en una piedra a poca distancia del agua.
Fui a dar un paso para conocerla, pero ella se levantó antes. Al parecer había visto una flor junto al agua que quería colocar en su cabellera. Pero la fortuna fue cruel con ella y resbaló, cayendo al agua de cabeza. Oí un grito ahogado repentinamente sobre el agua. Quise ayudar, pero supe que bien poco podía hacer. Su único amor la había rechazado y las ropas pesaban más que el destino.
Vi con gran pena cómo luchaba por salir a la superficie, pero pronto dejó de forcejear. Se ahogaba...
Cuando la vi desvanecerse en el fondo del río fue cuando, resignado, extendí mis alas y eché a volar.
Pobre Ofelia, pensé. Tanto que ha dado, y tan poco que ha recibido.
