No hay nada eterno, todo lo que empieza, termina: una desilusión, un viaje, un día de lluvia, un trabajo, un libro, un examen, la vida ... ¡todo! tiene su comienzo y su final. Es algo que, aunque sabemos, no lo apreciamos, o quizá, es que no queramos darnos cuenta de ello, y, nos aferramos a las cosas y a las personas.
Cuando se aleja de nosotros una persona que queremos, bien por causas naturales o porque se rompe una relación, se nos parte el corazón del dolor que sentimos en esos momentos aislándonos del mundo, muriéndonos en la agonía, parece como si parte de nosotros se fuera con esa persona, y después sentimos como una especie de culpa interna, y nos hacemos preguntas: ¿por qué a mí? ¿por qué tuvo que suceder así?, y creemos que nuestra vida se ha partido en mil pedazos, pensando que ya no podemos volver a reconstruirla.
Debemos esforzarnos en intentar ver el reflejo de los rayos del sol, y sentir que, de nuevo, nos vuelve a acariciar la cara, porque la vida no siempre es negra, porque todo cambia y se transforma, y hay que aprovechar los momentos que nos regala, disfrutando de las personas que continúan a nuestro lado, y volveremos a adaptarnos a las nuevas circunstancias, porque estamos hechos para superar las duras pruebas que se interponen en nuestro camino.
